Recontando mis vividos
múltiples yos, por si se me hubiera extraviado uno, la mente me trajo al
presente la vida de uno de ellos, cuando mi tiempo señalaba los veinte años. La
aparición de un nuevo yo usualmente está marcada por un hecho inusual, podía
ser cualquier evento, trivial, grave, místico o simbólico. La iniciación a ese
nuevo yo la anunció la música de una canción, “Cerrito de Huajsapata”. Estaba
estudiando el contrabajo en el Conservatorio cuando un amigo me refirió a un
grupo de música folclórica que necesitaban un músico para que tocara los
bordones de la música del altiplano. Me facilitaron un disco de larga duración
del “Centro Musical Teodoro Valcarcel". El disco se llamaba Música de los Andes Peruanos. Al escuchar su melodía,
sus inusuales intervalos hacia trastrabillar mis genéricos intervalos occidentales.
Su ritmo eran pulsaciones de un corazón gigante y viviente de una atmósfera telúrica,
con un lenguaje con fonemas desconocidas y difícil de producir, uniendo
consonantes qué no deberían abrazadas. Esa música abrió la entrada de un mundo
ajeno e ignorado qué no había visto porque no había sido el momento hasta
ahora. Había rozado mi oído la música del centro, la ancashina y aun la
ayacuchana, pero el mundo aymara abrió un portal de singular realidad que choco
con el patrón establecido de mi nacionalidad disociada. Si, me había rozando los
guijarros y algunas rocas de la nación quechua, pero con la cultura aymara hubo
una inundación de mi alma, que rompió dique y causes de las artificiales
construcciones culturales que me formaban. Pude sentirla dentro, pude olerla y
hasta saborearla. Descubrí que el cielo y la tierra se fundían en esa cultura
que también era mía. Y que al bailarla y cantarla también yo le pertenecía.
´´Cerrito de
Huajsapata, tú no más estas
sabiendo
la vida que estoy
pasando, la vida que estoy pasando.
Un besito y un
abrazo, a cualquiera se le da
a cualquiera se le da.
al rico por su
dinero y al pobre por caridad´´
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