-¡Manuel!
Alguien grito mi
nombre. Volteé el rostro hacia mi derecha, desde donde se
había emitido esa voz. Detuve mi andar y en un segundo enfoque el rostro de la
figura que me llamó. La imagen de esa persona atravesó centenares de momentos
de mi historia y su imagen difuso por el recuerdo, se plasmó en un tierno
rostro que mi mente asoció con un nombre.
-¿Raquel?
-Manuel - volvió a
repetirme.
-¡Hola! – respondí.
-¡Qué
milagro de verte!
Nos acercamos
lentamente y agarrados de los brazos nos besamos en las mejillas.
- ¿Cómo
estás? – me preguntó.
-¡Bien! ¡muy bien! ¿Y
tú?
Y así hilamos esos
momentos con preguntas y respuestas tratando de coser diez años de rotura de
una tela que fue una y ahora son dos.
Raquel había sido
mi primer amor, amor de adolescente, amor estudiantil. La conocí cuando yo tenía
14 años y ella 13. Estaba yo con un amigo en un parque cuando la vimos bajar
del ómnibus escolar de su colegio. Al notar lo linda que era mi amigo me reta si
yo le podía hablar. Cierto que era bonita y que normalmente me tendría que
rechazar, pero me animé y le conversé. Ella aceptó graciosamente mi intención. Y así, solía esperarla que bajara del bus y
la acompañaba a su casa. En el segundo piso de un edificio donde ella vivía,
antes de entra a su departamento, a escondidas no besábamos. A esa edad me
sentía feliz y suertudo de tener una chica así.
Pero el destino
obró y hizo que me mudara lejos de Raquel. Además, su mamá se enteró que Raquel
tenía enamorado y no la dejaba salir. Todo eso nos distanció. Pero ahora un
milagro nos reunió.
Sentí que ella me
hablaba con ansias y alegría y era lo mismo que yo sentía. Estuvimos hablando un
buen rato, no recuerdo de que temas, pero si recuerdo cómo no le pedí
vernos otra vez. Tampoco le pregunté por su número de
teléfono, ni su dirección, ni nada. Ni siquiera le expresé
que ojalá la suerte nos volviera unir otra vez. Callé.
Y así nunca supo Raquel que ese mismo día, a la 7 de la tarde, yo me casé.

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